LA PAREJA EN MÉXICO ANTES DE LA CONQUISTA (2a parte)

Por: M. en Psic. Israel Escamilla, terapeuta, docente e investigador

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En la primera parte del tema, hablabamos sobre cómo se construían las relaciones de pareja heterosexuales, desde la visión de nuestr@s antepasad@s prehispánic@s, desde una equidad o igualdad entre lo femenino y lo masculino para el mantenimiento de la familia.

En esta segunda parte, profundizaremos en lo que implicaba ser mujer, hombre, pareja y padre o madre en ese tiempo; qué tanto nos conviene retomar o no, de esa herencia olvidada, casi perdida, pero que nos pertenece a l@s mexican@s. 

 

 

La poligamia, el tener más de una relación afectia-emocional de pareja, fue permitida entre los pillis, gente con poder y estatus y algunos guerreros destacádos o ricos comerciantes como un rasgo de prestigio y riqueza, el detalle que me parece interesante es que según esto, cada mujer tuvo el estatus de esposa, no de concubina o amante y todas formaban parte de una misma familia.

Dentro de los hijos, no se hablaba de que el primogenito fuera el que tuviera más poder y privelegios como en el mundo occidental, pues uno de los mitos fundantes de la sociedad mexica era que los primeros hijos creados, fueron los cuatro puntos cardinales y ninguno era más importante que el otro, pues cada hijo tenía cualidades particulares que le daban sentido a las cualidades de los otros.

Por lo anterior, no nos olvidemos de los niños, quienes eran considerados como sujetos con un lugar en el Cosmos y en la Sociedad. Prueba de esto, son los nombres metafóricos con los que se les llamaba: pluma rica, flor del cielo, piedra preciosa.

Estos nombres eran indicador de que los hijos eran bien amados y si se quiere, engendrados y criados en un contexto de placer y amor como lo establecía la ley mexica. Ya habrá tiempo, en algún momento futuro de ver los casos particulares.

Por ahora, centremonos en un mito fundante sobre la llamada primera relación sexual humana, que fue defendida y transmitida como una relación amorosa y erótica fabulosa, que tendría que ser el modelo ideal entre los mexicas. Tal como había sucedido entre Piltzintecutli y Xochiquetzal, dioses del amor quienes por igual, protegían a hilanderas y prostitutas, y de quienes nació, Cinétotl, dios del maíz.

No podemos negar que había jerarquías sociales, gente con más poder y con menos poder. Lo que creo que sí podríamos poner en duda, es que hubiera gente con más o con menos dignidad, pues la labor del agricultor, como la del sacerdote, se consideraban igualmente indispensables para mantener el orden del Cosmos. Nuevamente, no podía existir norte, sin sur, arriba, sin abajo.

Tanto los macehuales, agricultores y gente sencilla, como los pillis, gente rica con mayor estatus, tenían la misma posibilidad de adquirir o perder prestigio según la entrega y la calidad en su hacer, fueran hombres o mujeres.

Además, había dos actividades más que acercaban a pillis y macehuales, mujeres y hombres a un contexto en común, que eran el trabajo y la muerte. El primero era visto como un regalo de los dioses, más que como un castigo, pues permitía preservar la existencia digna. Igualmente, el trabajo, no solo estaba en función de la producción, sino también de la reproducción, en la que hombres y mujeres eran igualmente responsables de la crianza y educación de sus hijos, desde los ámbitos que marcaban las tareas desginadas según su género.

En cuanto a la muerte, esta no era considerada como el fin de la vida, sino una actividad en sí misma, que permitia la existencia de la vida, pues eran las vidas, convertidas en muertes, las que permitian que la maquinaria cosmica fluyera, haciendo que el sol saliera de nuevo, lloviera, se dieran las cosechas, etc. he ahí la importancia de la guerra como actividad importante para que existiera la vida y por ende, la muerte. Sin dejar de lado, las ventajas políticas que esto traía para justificar la existencia del imperio Mexica, que a la llegada de los españoles, ya casi alcanzaba los 200 años de dominación sobre otros pueblos mesoamericanos.

En ese contexto, la mujer, conmemorando el esfuerzo que ya hacía desde ese entonces, tenía un papel fundamental en la existencia y el desarrollo de la sociedad mexica, pues como ya decíamos, las tareas de reproducción eran igualmente importantes que las de producción, entonces ella participaba en ambas.

Según el paisaje mítico, los dioses le otorgaron a la mujer el don de hilar y tejer, actividades exclusivamente femeninas que rendundaban en beneficio de la familia y la comunidad. El tejer en la mujer, fue parte importante en su educación a partir de los 5 años, siendo medular esta actividad en la adquisición de la identidad genérica, es decir, que la mujer aprendiera a verse como mujer.

La responsable para formar a la niña en estas labores femeninas era la madre, así se conformaba su conciencia y personalidad para ubicarla en lo femenino y cumplir con el papel social que le correspondia y del cual dependeria su desarrollo, madurez y prestigio” (Quezada, 1996, pp. 36.37).

Me parece importante enfatizar que la actividad de tejer fue una actividad muy muy apreciada en la sociedad mexica; este punto, ya hacía que el valor de la mujer, fuera muy diferente al que posteriormente adquirió en la sociedad occidental. Pues el tejer, era tener en las manos, de manera real y concreta, un recurso para el reconocimiento y el prestigio social, ya que esto se traducía en riqueza y posesión de otros bienes.

Con los tejidos, se compraban esclavos en el mercado para el sacrificio y también se podía pagar su libertad. Si a una madre, otros le dañaban a su hijo, debía ser indeminazada con mantas. Con esto también se pagaba el precio de la novia como dote para el matrimonio, las multas al Estado y servían también para el intercambio en el tianguis para la adquisión de otros productos. “Esta actividad, uniformó a las mujeres, tanto macehuales como pillis, y, aun a las diosas, todas deberían tejer; cuplir con esta actividad asignada por los dioses creadores era ser mujer y mantenerse en el ámbito de lo femenino.” (Quezada, 1996, p. 40).

En esta línea, se valoraba a la mujer por su capacidad de hacer, su habilidad y su pericia, igualmente por su creatividad. “Las mujeres, hábiles hilanderas y tejedoras obtuvieron reconocimiento y prestigio social independientemente del hombre con el que vivían, fuese el marido o el padre. Este prestigio adquirido por el buen desempeño en las labores femeninas, ubicaron a la mujer, en esta sociedad militarista, como guerrera, equiparada simbólicamente al guerrero que combatáa en el campo de batalla” (Quezada, ibíd.).

Esto nos llevaría a hacer una pregunta que una al pasado con el presente y el futuro. ¿Porqué se le valoraba a una mujer o a un hombre en aquel momento? ¿porqué se le amaba o se le consideraba digna o digno de amor en ese entonces? ¿y en la actualidad, qué criterios tomamos en cuenta para decir que podríamos amar o no a una persona o personas, sean mujeres u hombres? ¿y a futuro?

El presente análisis-reflexión, también tiene ese fin, proponer una línea de referencia sobre cómo hemos amado y porqué a lo largo de nuestra Historia Colectiva, no solo occidental sino desde nuestras raíces prehispánicas, hemos aprendido a amar y a sentirnos amados.

Invito nuevamente a que nos separemos o salgamos lo más posible del marco ideológico occidental que nos domina actualmente y nos preguntemos ¿cómo era un día normal, cotidiano, de una mujer y un hombre antes de la llegada de los españoles en la sociedad mexica?

Quezada (1996), nuevamente nos comenta que dentro del modelo social mexica, parte inherente de la existencia de la mujer, desde niña, era cumplir con el ritual individual y colectivo de mantener la sociedad, simbólica y prácticamente a través del cuidado de la casa. Cada día, antes del amanecer, se levantaba a barrer la casa, atizar el fuego y ofrecer incienso a los dioses, para después moler, echar tortillas, preparar los alimentos para el marido y los hijos y más tarde, hilar, tejer y ser educadora, además de asistir a las ceremonias establecidas en el calendario ritual. Estas actividades cotidianas las realizaban mujeres pillis y macehuales por igual.

A diferencia del mundo occidental, la mujer fue digna de confianza. La medicina, sus especialistas y las plantas medicinales pertenecian al ámbito de lo femenino. La salud fue muy importante para esta sociedad guerrera” (Quezada, 1996, p. 43).

En cuanto al varón, ya fuera pilli o macehual, independientemente de su condición y origen, el padre era el responsable de la educación del hijo varón a partir de los 3 o 4 años de edad, indicándole las labores de acuerdo con su edad para formarlo dentro del oficio familiar. De esta manera, el niño adquiria conscientemente su género y se ubicaba en el ámbito de lo masculino.

De ahí, que tanto lo femenino como lo masculino eran igualmente indispensables para el funcionamiento de la sociedad mexica, cuyos pilares casualmente eran la guerra (lo masculino) y la agricultura (lo femenino), una unión dialéctica e individsible de la tierra y el fuego, el agua y el viento que se conjugan en el tiempo, que en ese momento se dividía en 18 meses de 20 días, teniendo un año trescientos sesenta días.

Si quieres saber más, puedes consultar:

 

1. Herrera Beltrán, C. (6 de septiembre de 2012). "Baja, la inteligencia sexual del mexicano". La Jornada, en línea: http://www.jornada.unam.mx/2012/09/06/sociedad/044n1soc

2. Foulcault, M (1976). "La volonté de savoir. Historie de la sexualité I". Paris Editions.

3. Quezada, N.  (1996). "Sexualidad, amor y erotismo: México prehispánico y México colonial". México: Plaza y Valdés (Universidad Nacional Autónoma de México). 

4. Scott, J,<<El género: una categoría útil para el análisis histórico>> Historia y género. Las mujeres en la Europa Moderna y contemporánrea. Cit. en Quezada (1996). 

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